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21 de febrero de 2011

Otros descubridores de América antes que Colón...



Primeramente ante todo considero que deberíamos analizar -no de forma etimológica- pero sí con simple lógica la palabra descubrimiento para evitar confusiones innecesarias o quizás interpretaciones algo maliciosas. Si nos referimos a descubrir como hallar o encontrar algo oculto, o incluso revelar algo secreto, evidentemente el nombre del navegante de Génova (probablemente también de origen catalán, mallorquín o quizás portugués…) no se asocia de la forma más literal y adecuada con estos significados. En cambio, si aplicamos otro de los sinónimos existentes en casi cualquier diccionario como aquel que se refiere a poner de manifiesto, manifestar con gran intensidad, mostrar al mundo... pocos podrían negar con honrado convencimiento de aquella decisiva empresa histórica de trascendental amplitud apoyada por los Reyes Católicos en 1492. Sin embargo, hay que tener también muy en cuenta que España por entonces era la primera e indiscutible potencia mundial… La historia oficial (sobre todo la más mediática y tradicional que se suele enseñar en los colegios) sigue declarando que el viaje que partió de Palos de la Frontera (Cádiz) un 3 de agosto de ese mítico año y divisó la tierra de las Indias 67 días después (12 de Octubre) en una isla de las Bahamas fue el único e indiscutible aceptado…
Pues ahora bien y radicalizando un poco, con la publicación de un libro en 1937 del checo Ales Hrdlicka -no confundir con el artista austríaco llamado Alfred-: ”La cuestión del hombre antiguo en América”, se disiparon muchas dudas con respecto a los primeros y antiguos extranjeros en este continente. El último período glacial convirtió en transitable el estrecho de Bering con esos escasos 80 kilómetros que separan América de Asia (¡y además en medio las islas Diómedes!). Por lo tanto, según esta teoría los pobladores de la gélida Siberia fueron poblando inicialmente América a lo largo de miles de años. Aunque, eso sí, ya existían grandes y resistentes embarcaciones de grandes troncos capaces de cruzar ese trozo del Pacífico no necesariamente por el dichoso estrecho beringiano, sino también –y desde otros muchos lugares- como por ejemplo aquellos desde que circulan la fuerte y cálida corriente del río negro japonés Kuro-Shivo (“sendero de tifones tropicales”) hasta las propias costas de California con una velocidad de hasta 2 metros por segundo (4 nudos)...
Asimismo, se puede comprobar de otra manera más directa porque muchos de los rasgos actuales de los verdaderos indígenas amerindios conservan ciertos rasgos de origen asiático, aunque resulta más que obvio que todas las razas humanas en general han evolucionado desde aquella era pleistocénica. El antropólogo checo confirmó más su teoría consiguiendo desenterrar miles de cadáveres en una pequeña isla de Alaska lo cual sólo atrajo animadversión y más polémica. Esto no resta para que esta teoría ampliamente aceptada evidencie quienes fueron los primeros descubridores de América (eso sí, por favor no se admiten chistes sobre quien fue el primero de ellos…) Todavía hoy en día se duda de la existencia real de aquel puente humano de Beringia, pero existen otros científicos genetistas que nuevamente apoyan con gran derecho propio la teoría del origen mongólico (sobre todo) y algo menos siberiano de aquellos antiquísimos nómadas.
Siguiendo con la estela de curiosos descubrimientos, los científicos J. Neel y Douglas Wallace a través de un método que calcula la velocidad del ADN mitocondrial establecieron en 1994 como el primer grupo humano que pisó el nuevo continente lo hizo entre 22.414 y 29.545 años antes de nuestra era…
Por otra parte, algunos de ustedes probablemente ya saben que hace mucho menos tiempo los vikingos y sobre todo concretamente la saga de los Ericsson con su grupo de fieles navegantes alcanzaron alrededor del año 1000 un territorio bautizado por ellos mismos con el nombre de Vinland (“Tierra de viñedos”) ubicada cerca de Nuevo Brunswick y la isla de Terranova, en la actual Canadá. Leif Ericson (“hijo de la suerte”) era hijo del noruego Erik el Rojo (“hijo de Thorvald”) y nació en Islandia. Su padre se vio obligado a huir de su país acusado de asesinato múltiple. De esta manera, aproximadamente hacia el 982 D.C., Erik, animado por las informaciones de anteriores navegantes como Gunnbjörn* que divisaron una grandísima masa de tierra, llegó a la Groenlandia canadiense bautizándola con este nombre que viene a decir algo así como “Tierra Verde o tierra de la esperanza”. A partir de entonces la mayor isla del mundo que pertenece hoy al reino de Dinamarca se fue llenando de colonos de origen islandés. Con esto queremos decir también que el explorador vikingo y su grupo expedicionario pisando por vez primera aquel esperanzador edén situado al norte geográfico de América y atrayendo a nuevos habitantes se convertiría sin apenas ser consciente de ello en el primer descubridor oficial de América...
   No obstante, es muy probable que otros exploradores nórdicos de menor fama o éxito como por ejemplo el ya citado explorador noruego Gunnbjörn Ulffson o apellidado también Ulf-Krakuson (que avistó esas islas cercanas a la costa de Groenlandia -su montaña más alta lleva su nombre- probablemente alrededor del 930, aunque se barajan otras fechas sin certeza alrededor de este año) o Snaebjörn Galti en el 978 pisaran antes que el bárbaro pelirrojo el territorio americano, lo cual enciende una y otra vez las dudas… Asimismo, hacia el siglo VI se cuentan una serie de aventuras sobre unos monjes irlandeses como el mítico San Brendan de Clonfert, 484-577, (ver obra *“Navigatio”) que habló repetidas veces acerca de una llamada tierra prometida de los santos que con mucha probabilidad se trataría de costas de Norteamérica ya que el gran sacerdote cristiano viajó durante siete largos años por el océano Atlántico.
Una de las pruebas más palpables sobre la presencia de estos grandes descubridores y colonizadores europeos en América se encuentra en la L'Anse-aux-Méduses (“Ensenada de las Medusas”), un lugar situado entre las provincias de Terranova y Labrador (Canadá). En esa zona perteneciente a la “Tierra de la uva” de Eriksson se halló en 1961 los restos de una auténtica aldea vikinga. Multitud de objetos artesanales, armas y herramientas típicamente teutónicas, así como una decena de estas singulares construcciones (ver también Las casas de Leif o Leifsbudir*) datadas por radiocarbono en torno al siglo XI, vinieron a corroborar más aún el hecho de que los escandinavos estuvieron casi 500 años antes que la llegada de Colón a Guanahani. Al cabo de 2 o 3 años y debido sobre todo a la fuerte hostilidad de los indígenas nativos de la zona, abandonaron estas inhóspitas tierras para regresar a la Groenlandia de Erik el Rojo. A su hijo Leif se le atribuyen también el descubrimiento de las islas norcanadienses de Markland (“Tierra de bosques”) y “Helluland” (“Tierra de piedras planas”), nombres dados asimismo por el famoso explorador islandés.

El hallazgo de runas (alfabeto mágico de estos intrépidos pobladores del norte de Europa) talladas en piedra como las de Kensington, Torre de Newport y las de Oklahoma podrían añadirse a la colección de pruebas sobre asentamientos vikingos antes del siglo XIV, aunque algunos expertos nórdicos niegan aquí su origen genuinamente escandinavo.  (Solramus)

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